domingo, 14 de febrero de 2010

¿Por qué Michael Ende escribía para los niños? (I)

Hoy quiero compartir una conferencia de uno de mis dos escritores favoritos, Michael Ende.

Se trata de un texto largo, pero con el que me siento bastante identificado, desde la primera vez que lo leí. Para una lectura más cómoda lo dividiré en dos partes

En 1986 Michael fue invitado al congreso anual de la JBBY (Comité Japones para la Literatura Internacional Infantil) en Tokyo y dio la conferencia que sigue a continuación, que fue la primera explicación detallada de su visión artística.


Sobre el Eterno Infantil


Distinguidas señoras, señores:

¡Minasama!

¿Por qué se escribe para los niños? Así reza el tema de este congreso y estoy seguro de que en los próximos días escucharemos muchas cosas interesantes y sustanciosas al respecto. Pero yo no soy un estudioso de la literatura, ni un filósofo de la cultura, no soy tan siquiera un verdadero experto en literatura internacional infantil y juvenil, por eso todo lo que yo pueda decirles no pretende tener validez general sino que será únicamente mi respuesta personal a la pregunta planteada. Tampoco tengo experiencia como orador, soy sólo un narrador de historias. Permítanme por ello comenzar con una pequeña historia. Su autor es el escritor alemán Gustav Meyrink, o en cualquier caso fue él quien la escribió por primera vez.


Sobre una piedra grande y lisa bailaba cada día, cuando brillaba el sol, a una hora determinada, un ciempiés. Los otros animales venían de lejos para contemplarle cuando, a su manera inimitable llena de encanto, trazaba sus lazos y sus espirales, mientras su cuerpo fulguraba a la luz y brillaba como si estuviese hecho de piedras preciosas. Era un placer mirarle y todos los animales encomiaban su arte y su gracia. Sin embargo, el ciempiés no bailaba para conseguir la fama y la admiración de los demás. Apenas echaba de ver a sus espectadores, tan ensimismado estaba en su danza.

Pero he aquí que vivía cerca de él, bajo las raíces de un árbol, un sapo grande y gordo, y a éste le irritaba lo que hacía el ciempiés. Ya fuese porque tenía envidia de su gracia y su fama, ya fuese porque estaba en contra de actividades inútiles como la danza, lo cierto es que había decidido aguarle la fiesta al ciempiés. Pero eso, por otra parte, no era tan fácil, pues lo que él no quería era exponerse a las críticas y reproches de los demás animales. Estuvo reflexionando largo tiempo y un día le vino una idea grandiosa, y escribió al ciempiés una carta que decía más o menos lo siguiente:

«¡Oh tú, admirable, maestro en el danzar armonioso y en los complicados lazos y espirales! Yo sólo soy una cosita pobre, húmeda, viscosa, y no tengo más que cuatro patas pesadas y torpes. Por eso te admiro sobremanera a ti, que consigues mover con tan maravilloso orden tus cien pies. Me gustaría tanto aprender un poquito de ti. Por eso dime, admirable maestro: cuando empiezas a bailar ¿mueves primero el primer pie izquierdo y luego el número noventa y nueve de la derecha? ¿O comienzas por el número cien de la izquierda y echas después el número cincuenta y tres de la derecha, moviendo después el tercero de la izquierda y luego el número setenta y dos de la derecha? ¿O lo haces al revés? Explica, por favor, a este ser tan pobre, húmedo, viscoso, con sólo cuatro patas, cómo te las ingenias, para que yo, indigno y reptante bicho, aprenda a moverme con un poquitín de gracia.»

El sapo colocó la carta sobre la piedra bañada por el sol y cuando el ciempiés llegó para bailar, allí la encontró y la leyó. Comenzó entonces a reflexionar sobre cómo lo hacía. Movió un pie, luego el otro, tratando de recordar cómo lo había hecho hasta entonces. Y comprobó que no lo sabía. Y no pudo hacer el menor movimiento. Estaba allí, inmóvil, y pensaba, pensaba, y movía tímidamente alguna de sus cien patas, pero lo que ya no podía era bailar. En efecto: lo de bailar había pasado a la historia.



Yo, naturalmente, no quiero compararme en modo alguno con un tan gran artista como el ciempiés: la modestia me lo impide. Y mucho menos pretendo poner en relación, ni remotamente, a nuestros amables y distinguidos anfitriones con el alevoso sapo: eso lo exige la amistad y la buena educación. Y sin embargo quiero confesarles sinceramente que me pasó algo semejante a lo del ciempiés cuando me enteré del tema sobre el que tenía que hablarles a ustedes aquí:

¿Por qué se escribe para los niños?

Sí, ¿cuál será el motivo? Aquí estoy yo desde entonces moviendo tímidamente -para quedarnos en el símil del ciempiés- a veces esta pata, a veces esta otra, y no estoy en absoluto seguro de que lo haya sabido alguna vez. Lo único que espero es reconquistar, con los pensamientos que voy a exponer, mi despreocupación originaria. Y, con toda seguridad, no puedo responder por otros, sino sólo por mí.


Así que: ¿por qué escribo yo para los niños?


Ya aquí me quedo parado y compruebo que, para poder continuar, tengo que plantearme la pregunta de otra manera, pues en el fondo yo no escribo en absoluto para los niños. Quiero decir que, mientras escribo, no pienso nunca en los niños, no reflexiono sobre cómo he de expresarme para que me entiendan los niños, no elijo o desecho un tema porque éste sea o no sea apropiado para niños. En el mejor de los casos podría decir que escribo los libros que me habría gustado leer de niño. Esta fórmula suena bien, pero no corresponde del todo a la verdad, pues tampoco escribo recordando o reflexionando sobre mi propia adolescencia. El niño que fui una vez sigue hoy viviendo en mí, no hay un abismo -el del paso a la edad adulta- que me separe de él, en el fondo me siento como el mismo que era entonces. Llegado a este punto estoy viendo con mi mirada interior a más de un psicólogo que frunce el entrecejo y murmura: ése nunca ha llegado a la edad adulta.


Lo cual se tiene hoy por gravísima falta.


Bueno, qué se le va a hacer, lo admito, seguramence nunca he llegado a ser de verdad una persona adulta. Durante toda mi vida he procurado no convertirme en lo que hoy día llamamos adulto de verdad, o sea, ese ser mutilado, desencantado, banal, ilustrado, que existe en un mundo desencantado, banal, ilustrado, el mundo de los llamados hechos. Y me acojo aquí a las palabras de un gran poeta francés: cuando hemos dejado definitivamente de ser niños, ya hemos muerto.



Yo creo que en toda persona que todavia no se ha vuelto completamente banal, completamente a-creativa, sigue vivo ese niño. Creo que los grandes filósofos y pensadores no han hecho otra cosa que replantearse las viejísimas preguntas de los niños: ¿de dónde vengo? ¿Por qué estoy en el mundo? ¿Adónde voy? ¿Cuál es el sentido de la vida? Creo que las obras de los grandes escritores, artistas y músicos tienen su origen en el juego del eterno y divino niño que hay en ellos: ese niño que, prescindiendo totalmente de la edad exterior, vive en nosotros, ya tengamos nueve o noventa años; ese niño que nunca pierde la capacidad de asombrarse, de preguntar, de entusiasmarse; ese niño en nosotros, tan vulnerable y desamparado, que sufre y que busca consuelo y esperanza; ese niño en nosotros que constituye, hasta nuestro último día de vida, nuestro futuro.


Si se me permite, quisiera asociar a las palabras de Goethe del «eterno femenino», con toda la modestia que hace al caso, el eterno infantil sin el cual el hombre deja de ser hombre.

Para ese niño en mí y en todos nosotros cuento yo mis historias, pues ¿por quién o por qué valdría la pena hacer cualquier cosa?

No son, por tanto, miras pedagógicas o didácticas las que impulsan mi labor. EI haber elegido la forma que pueden ustedes ver en mis libros tiene exclusivamente razones artísticas y poéticas. Si ustedes quieren contar determinados hechos maravillosos, tienen que describir el mundo de tal manera que tales hechos sean posibles y probables en él. Esto, por su parte, es cuestión del tono de voz, del estilo.

Cuando en los cuadros de Marc Chagall sobrevuelan parejas de enamorados los tejados de París; cuando sobre el tejado de una choza hay una carnero que toca el violín; cuando los ángeles hablan con los mendigos como con sus iguales, todo ello es plausible -y en Chagall es más que plausible, es incontestable realidad- porque la manera como nos cuenta esas cosas el pintor da con el tono exacto del eterno infantil. Y el eterno infantil en nosotros reacciona porque sabe -más allá de toda inteligencia racional exterior- que existe todo eso, que eso es incluso más real que toda la realidad de acá.

Es, sin embargo, característico de nuestra situación espiritual actual que, hablando de un pintor como Chagall, se haya comentado -incluso en ambientes de críticos y expertos de arte- que pese a todo se trata de «auténtica» pintura, o sea, de pintura seria; pero si un escritor o poeta se atreve a presentar en sus libros un mundo maravilloso infantil similar, entonces se le cuelga la etiqueta -todavía peyorativa- de «autor de libros infantiles». Ello quiere decir que los libros infantiles son un género inferior de literatura -si es que se los incluye en la literatura-, que cultivan únicamente personas que carecen de suficiente talento para ser verdaderos escritores. Ahora bien, esa opinión -lamentablemente muy extendida aún- sólo pone en evidencia los conocimientos artísticos deplorablemente escasos de quienes tienen tal opinión y son además tan necios como para exponerla en público. ¡Pero basta ya! Hoy no quiero caer en la polémica. Lo he hecho bastante en otro lugar y seguramente no faltará ocasión de ello en el futuro.


Volvamos, pues, a nuestro tema. Una vez que he explicado -de modo relativamente comprensible, espero- en qué sentido yo no escribo para niños, aún queda por responder la pregunta de por qué escribo.

Pues bien, tradicionalmente hay dos respuestas de poetas y escritores a esta pregunta, una por así decir misteriosa y una por así decir razonada.

La respuesta misteriosa reza mas o menos así: «Un escritor tiene que escribir. Una orden interior, una vocación numinosa le impulsan a ello. Moriría si no pudiese escribir».

La explicación por así decir razonada reza así: «El arte y la literatura tienen justificación sólo si ejercen una función clarificadora. Su misión es hacer reproducciones de la realidad con el fin de transformar esa realidad. Un escritor, por tanto, tiene que ser una especie de maestro de su público».


Ahora bien, para confesárselo a ustedes ya de entrada con toda claridad: para mí, la existencia del artista y del escritor no es ni misteriosa ni razonada. Ambas respuestas, aunque parezcan proceder de posiciones totalmente opuestas, tienen sin embargo algo en común: son el resultado de un pensamiento burgués, es decir, de un pensamiento para el que lo razonable no se concibe de otra manera que como equivalente de lo útil. De lo contrario, se trata de un fenómeno patológico.

Miren ustedes, distinguidos oyentes, la primera respuesta, la misteriosa, por así decir, convierte al escritor en una especie de neurótico obsesivo, en una persona que, en razón de una enigmática maldición o de una gracia especial, se halla bajo la obsesión interior de tener que expresarse a sí mismo. En el caso más feliz se le declara genio, es decir, se libera uno de la incómoda pregunta que plantea su existencia haciendo de él un hombre especial, un poseso o un carismático, en cualquier caso un anormal que de alguna manera, si bien lejana, está emparentado con los santos y los locos. Por consiguiente, un escritor así no tiene que aspirar a hacerse comprensible por su público sino que el público tiene la obligación de entender al escritor. No quiero nombrar a nadie aquí -a ustedes ya se les ocurrirán bastantes nombres-, pero en cualquier caso creo que una gran parte de nuestro actual quehacer literario, en todas las partes del mundo, está basado en esta manera de pensar. Ejércitos enteros de expertos en literatura se afanan analizando e interpretando tales obras, y nos explican lo que quería decirnos realmente el poeta. A mí, ya durante la época escolar, siempre me venía espontáneamente la pregunta de por qué el poeta no lo había dicho, si era eso lo que quería decir. Por lo visto -así pensaba yo entonces- los escritores son personas completamente incapaces de expresarse con claridad y necesitan un intérprete que haga inteligible su balbuceo.

La otra, la respuesta por así decir razonada a la pregunta de por qué se escribe, tiene aún más difusión y curiosamente está considerada -por más que sea típico producto del siglo XIX- como progresista. Especialmente en mi país, en Alemania, durante los treinta años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial, la totalidad de la vida literaria estaba marcada por el afán verdaderamente angustioso de ver todo, absolutamente todo, bajo el aspecto crítico-social, político, emancipatorio o, de una manera u otra, clarificador. El escritor que quería ser tomado medianamente en serio en los ambientes culturales oficiales tenía que llevar a cabo sin falta los correspondientes y obligatorios ejercicios. Todo género de literatura que no se consideraba socialmente relevante pasaba ya a priori por ser literatura de evasión, o sea, de huida de la realidad y, en consecuencia, totalmente rechazable. El escritor, se decía, era la conciencia de la nación. Y como la conciencia, naturalmente, sólo tiene una función plausible cuando es una conciencia con remordimientos, nuestros escritores se superaban unos a otros formulando acusaciones, denunciando abusos, criticando la sociedad, la cultura, la situación social, las personas. Cada vez se iba cayendo en una vorágine más y más profunda de negatividad, de ira, de amargura, de tedio. Quien no seguía esa corriente pasaba por superficial o por tonto. El criterio decisivo por el que se juzgaba a un escritor era el llamado mensaje que contenían sus libros. Sólo eso era objeto de discusión. Sobre eso se pueden escribir a maravilla artículos y ensayos, y anti-artículos, y réplicas, en una palabra, mantener en funcionamiento todo el ruidoso aparato de la fanfarronería intelectual.

El escritor estaba por así decir ante un imaginario tribunal de justicia, ya fuese como fiscal del Estado o como defensor y abogado, y su libro, su pieza teatral, su poema tenían que probar algo: una culpa, un hecho social, un desarrollo histórico. Esa prueba era después examinada con vistas a su carácter conclusivo, era refutada, se presentaban pruebas en contra, que eran refutadas a su vez, en resumen, se veía toda la literatura desde una única perspectiva, la del argumento. Esto valía también para el libro infantil y hasta para los libros ilustrados.


Por favor les pido, señoras y señores, que no me entiendan mal. Con esta exposición algo polémica no quiero decir en absoluto que yo considere innecesaria o superflua toda esta corriente literaria. No lo es. Es y ha sido siempre una parte necesaria e importante de la literatura universal. Lo que yo ataco decididamente es ese rabioso dogmatismo que propugnaban y siguen propugnando los representantes de tal literatura. Mediante esa funesta unilateralidad, a muchos escritores cuyo punto fuerte no es la argumentación se les priva literalmente del aire que respiran. ¿Y no son precisamente las mayores obras de la literatura universal las que están más allá de toda argumentación? La Odisea y la Ilíada, Las mil y una noches, Don Quijote de La Mancha, nuestros cuentos populares, el Fausto, las grandes novelas de Balzac o Dostoievski, los dramas y las comedias de Shakespeare: todas ellas ni prueban ni refutan nada. Son algo. Presentan mundos pero no explican el mundo.



(continuará...)

viernes, 12 de febrero de 2010

Bandas sonoras

Inauguro saga de entradas, en este caso con canciones de bandas sonoras de la más diversa índole (cine, tv, videojuegos). Serán canciones concretas que me han gustado o que tienen detalles interesantes.

Hoy un par:

1. El Laberinto (perteneciente a la película del Laberinto del Fauno, de Guillermo del Toro).

Mucha gente conoce la típica nana del Laberinto del Fauno, pero todas las canciones de su banda sonora son magistrales. Javier Navarrete hizo un gran trabajo. En ésta se "narra" la llegada de Ofelia a la villa ocupada por los nacionales y el descubrimiento del Laberinto.
El detalle: en el minuto 3:01 aproximadamente hay un claro homenaje a la partitura de Howard Shore para el Señor de los Anillos.





2. Tristram village (perteneciente al videojuego Diablo).

Quien aún opine que en los videojuegos no hay arte tendría antes que escuchar esta pieza. Una tonada entre melancólica y plácida, con un punto de misterio y suspense para los pocos momentos tranquilos de este juego de rol. Las guitarras son las grandes triunfadoras de esta melodía.




sábado, 30 de enero de 2010

Iom Ha Shoá

En este aniversario del holocausto, Pilar Rahola, periodista y activista política, a quien (para ser sincero) nunca he admirado demasiado debido a su forma de tratar los temas con excesiva polémica y talante altisonante, (no en vano pasó sus tiempos en Telecinco con Xavier Sardá en el Crónicas Marcianas), ha redactado en su columna de Lavanguardia un texto que lo menos que se puede decir es que es bello.

Me ha sorprendido gratamente su tono dulce, suave, alejado de histrionismos. Simplemente, una delicia de lectura. Es conocida su postura pro-judía, aunque más que el tema de los judíos aquí yo lo aplicaría a cualquier cultura que haya tenido sus masacres, torturas y campos de concentración, que son muchas por desgracia.

En el caso de Israel, hay el plus añadido del golpe que supuso en la fe judía el hecho del silencio de Dios durante la Shoá. Tanto es así que revolucionó la teología judía (y de rebote, la cristiana).
Pilar tiene incluso un momento para este detalle, un momento creo que simplemente magistral.

Así pues, comparto en el blog el artículo en cuestión:

Iom Ha Shoá

En Auschwitz alguien escribió en la pared una pequeña poesía; me dijeron que hablaba del amor .

Quizás la vida es como Benigni la imaginó, bella incluso en el horror. Quizás ese niño pequeño, arrancado de su pueblecito de Hungría, o de su barrio en alguna ciudad polaca, o de la calle alemana donde su familia había vivido durante generaciones, quizás encontró algo de belleza en la ternura que la madre lo abrazaba, en el tren que lo trasladaba, como ganado, a la muerte. Quizás ese hombre que conocí en São Paulo, y que fue obligado a tocar el violín mientras mataban a toda su familia, primero los padres, después los hermanos pequeños, los abuelos, quizás aún conserva, en algún rincón de la memoria, la belleza de la música. Quizás. Quizás hubo algún instante de belleza en los catres infrahumanos donde se amontonaban espectros vivos que un día habían sido personas, con sus vidas, sus emociones, sus recuerdos.

En Auschwitz alguien había escrito, en la pared, una pequeña poesía. Me dijeron que hablaba del amor. Y puede que hubiera algo de belleza en algún momento del corto recorrido, desnudos, hasta la cámara de gas, quizás un recuerdo bonito, el día de la boda, cuando nació el primer hijo, la bar mitzva del mayor, un recuerdo fugaz antes de ahogar el último suspiro. Quizás, en el agujero más negro de la maldad organizada, planificada, con millones de personas convirtiéndose en humo, zas, en pocos minutos, sus vidas, sus historias de generaciones, sus conocimientos, sus anhelos, sus rezos, zas, todo humo y, a pesar de ello, quizás hubo algún momento de belleza.


Entre la vida y el humo, puede que Dios tuviera una palabra, y fuera poesía. Quizás ese médico que salvaba vidas y ahora veía la muerte industrial ante sus ojos, antes de encontrarse con ella, quizás, a pesar de todo, aún creía en la vida. Quizás la belleza estuvo en un momento de piedad, una mirada del guardián, un segundo de humanidad, fugaz, pero real. Y hubo belleza, mucha, en aquel hombre que se negó a comer porque se veía cerca de la muerte y quería que otros vivieran con su mendrugo. En su pueblo de Grecia había sido panadero. Y a pesar de tantos pesares, ¡qué belleza en las fotos del Museu del Holocausto de Washington, centenares de fotos de vida, bodas, fiestas, caras alegres, esbozos de vida que fueron y ya no son, recuperados del naufragio. Aunque están colgadas en unas paredes que tienen forma de chimenea. Y sí, había mucha belleza en aquella abuela que conocí en Cali y que, nada más llegar a Colombia, se había negado a hablar su idioma, el polaco, y nunca había querido recordar el horror. Pero recuperó el idioma cuando explicó la Shoá, décadas después, a sus nietos. Y la belleza de la velita solitaria que, en el Memorial del Niño de Jerusalén, recuerda el millón de niños que murieron en los campos de exterminio.

Sí. Hay belleza en la muerte. Solo porque los que quedaron vivos retornan, del humo, a los muertos.

Never forget!

Pilar Rahola. La Vanguardia. Barcelona. 27/01/2010

domingo, 17 de enero de 2010

Cuando la sencillez es divertida

Hoy una entrada corta.

¿Agobiad@? ¿La crisis aprieta, la tristeza acecha?

Él puede ayudarte. Se llama Tom, no suele aparecer mucho, las películas lo omiten, las opiniones lo maltratan. Pero él seguirá cantando y contando historias de tejones, totalmente despreocupado. Que un poco de alegría siempre viene bien.

En dos versiones, una más "formal" y la otra más "tabernera":

Tom Bombadil (Tolkien Ensemble)




Tom Bombadil (Saurom)





P.D. Para los que aún se pregunten de qué va esto, es un personaje del Señor de los Anillos, tan misterioso y peculiar como él solo. Ni siquiera Tolkien quiso dar su opinión sobre él. Solamente se sabe que de pequeño Tolkien tuvo un muñeco con ese nombre.
¿Tan poderoso como Gandalf y Sauron? Vaya usted a saber. Lo único seguro sobre Tom es que es Señor de sí mismo y que es el único personaje del Señor de los Anillos al que el Anillo no le afecta para nada ni lo vuelve invisible.

P.D.D: Algún día tengo que hacer la entrada de rigor para Tolkien y sus escritos... asignatura pendiente del blog.


miércoles, 6 de enero de 2010

NAVIDAD (V y último)

¿Quién lleva los regalos? (continuación)


Reyes Magos


Introducción:


Es bien conocida la tradición cristiana por la cual los Reyes Magos acuden a Belén siguiendo la estrella para adorar al Niño Jesús recién nacido, ofreciéndole oro, incienso y mirra. En su viaje conocen al rey Herodes que intenta engañarlos para averiguar el paradero de Jesús, pero ellos advertidos en sueños se machan por otro camino.

El único evangelista que los menciona es Mateo. No dice que sean reyes ni su número, únicamente habla de unos sabios o magos que provienen de oriente, han visto levantarse la estrella y encuentran a Jesús y le entregan los tres presentes, después de revolucionar Jerusalén con su llegada y sus preguntas sobre el nuevo rey o mesías.



Sobre el título de “Mago”:


La palabra “Mago”, proviene del elamita (Ma-ku-ish-ti) que pasando por el persa (Ma-gu-u-sha) y por el acadio (Ma-gu-shu) llegó al griego como Μαγός (Magós, plural: μαγοι, magï) y de ahí al latín Magi (Cf. Magíster) de donde llegó al español. En griego la palabra significa “matemático, sabio, astrónomo o astrólogo”. Es decir, “hombre de ciencia”. Probablemente la palabra haga referencia a los miembros de la casta sacerdotal medo-persa de la época, quizá practicantes del zoroastrismo. Mucho más tarde el título de sabio o mago evolucionaría a rey.


El 6 de enero:


La festividad de la Epifanía, o manifestación del Señor, celebrada el 6 de enero desde la antigüedad, se fusionó con la adoración de los reyes magos, pues suponía la manifestación de Cristo a los no judíos, simbolizados en las figuras de los sabios. Actualmente los reyes han sustituido el nombre y un poco el sentido original de la festividad.


El número de magos, sus procedencias y sus nombres:


El hecho que entregaran tres presentes fue el detonante del número de personajes, la primera refencia de este número la da Origenes, un conocido escritor eclesiástico, en el siglo IV. En el siglo V, el Papa León I el Magno estableció oficialmente su número en 3 para toda la cristiandad. A mediados del siglo VI, en la iglesia de San Apolinar Nuovo, en Rávena (Italia) se les asignaron los nombres de "Melchor", "Gaspar" y "Baltasar", que supuestamente equivalen en griego a "Appellicon", "Amerín" y "Damascón" y en hebreo a "Magalath", "Serakin" y "Galgalath". Se encuentran en una imagen: el friso de la imagen está decorado con mosaicos de mediados del siglo VI que representan la procesión de las Vírgenes. Esta procesión está conducida por tres personajes vestidos a la moda persa, tocados con un gorro frigio y su actitud es la de ir a ofrecer lo que llevan en las manos a la Virgen que está sentada en un trono y tiene al Niño en su rodilla izquierda. Encima de sus cabezas se pueden leer los tres nombres, de derecha a izquierda: Gaspar, Melchior, Balthassar...



De todas formas, en otras tradiciones, el número varía: según los armenios no son tres sino doce, y hay alguna que otro cuento moderno que habla del cuarto rey Mago, llamado Artabán, que llegó tarde a su destino porque había ido regalando los presentes del Niño Jesús por el camino a los necesitados.

Las procedencias tradicionales de los tres Reyes Magos simbolizan el mundo conocido en la Antigüedad: Europa, Asia y África. Por lo tanto, los tres Reyes simbolizan todos los pueblos del mundo que van a adorar al Niño.


El destino de los magos:


Existe una leyenda que habla sobre el destino de los magos: después de la resurrección de Jesús, el apóstol Tomás los halló en Saba. Allí fueron bautizados y consagrados obispos. Después fueron martirizados en el año 70 y depositados en el mismo sarcófago. Los restos fueron llevados a Constantinopla por Santa Elena. Posteriormente, Federico I Barbarroja, en el siglo XII, los trasladó a Colonia, donde hoy reposan con las coronas que supuestamente llevaron durante su existencia. Miles de peregrinos empezaron a llegar a Colonia, lo que propició que en 1248 se iniciara la construcción de la catedral de Colonia.


Veracidad histórica del relato evangélico


El origen de la narración del evangelista Mateo también tiene su miga. Al aparecer solamente en un evangelio, el relato de los reyes magos presenta un aire mítico.

No hay posibilidad de demostrar o refutar su existencia e historicidad, aunque hay algunos detalles interesantes sobre la redacción de dicho evangelio.

Hay fuentes que señalan que en los tiempos del evangelista se estaba produciendo en Israel una conversión al cristianismo de paganos, mientras que los propios judíos se resistían a seguir a Jesús y su legado. La incursión de estos fragmentos sobre los magos de Oriente en el evangelio de Mateo subraya este hecho y lo utiliza como argumento de conversión: si los de fuera vienen y lo adoran (se convierten) ¿Cómo no os dais cuenta los que lo tenéis entre vosotros?



Hay que tener en cuenta además qué significaba el Oriente para los judíos: Babilonia, pues hasta Damasco, se consideraba parte de la tierra de Israel. La figura que tratamos de presentar, podría corresponder a un título muy particular en arameo: מדנחאי Medinja’ey , o “Doctores Babilónicos de la tradición oral” que perduraría en escuela hasta entrado el siglo octavo D.C. en Babilonia y quienes conociendo la interpretación de lo dicho en Num 24:17 , habrían sido guiados por Dios hasta el Mesías, no según la famosa estrella como hasta ahora se ha entendido, sino que esa estrella era el mismo Mesías según el lenguaje judío y midráshico contemporáneo.


Si bien este último punto de vista parece desmitificar la historia, también hay razonamientos a favor de la historicidad en sentido estricto de la narración: el hecho que los otros evangelistas no los mencionen no significa nada porque:


a) Los Evangelios de Juan y Marcos empiezan el relato de la vida de Jesús a partir de su vida pública, ya de adulto. Además, Ireneo (130-204 dC), al que se debe el primer análisis profundo de la tradición juanística, ofrece pistas del conocimiento de Juan de la historia de los Magos, aunque éste no los incluyera en su Evangelio.

b) Lucas no explica nada debido a que ya está escrito, y se dedica a otros aspectos como la Anunciación, el Nacimiento, la circuncisión, etcétera.


La estrella:


Según los escritos, los sabios viajaron siguiendo una estrella, y esta se detuvo sobre el lugar en el que Jesús había nacido. A pesar que es imposible que un astro marque un lugar tan concreto como un pesebre, se han sugerido diversas explicaciones sobre este hecho, lo más probable es que el pasaje bíblico sea solo una metáfora referida a los supuestos hechos. Fuera lo que fuese, los Reyes Magos lo asociaron al Rey de los Judíos. De haber sido astrólogos griegos o romanos podrían haber asociado la estrella de Belén con Júpiter, el planeta rey, y Régulo, la estrella rey. O si venían de Babilonia, lo podrían haber asociado el planeta Saturno (Kaiwanu). En todo caso, bien podría tratarse de la estrella Sirio, a la que apuntan los "tres reyes" del cinturón de la constelación de Orión.



Se han hecho estudios astronómicos e históricos para buscar esa “estrella”: conjunciones de planetas, supernovas, etcétera, cada una con sus similitudes realidad-texto y también con sus lagunas.


Simbología de los presentes:


¿Por qué oro, incienso y mirra? Los tres presentes eran artículos valuosos en su tiempo. Además:


El oro: simboliza la realeza y el poder. Jesús es Rey de Reyes.


El incienso: es un perfume muy utilizado en Oriente, y símbolo de la adoración a Dios. Se utiliza a menudo en celebraciones religiosas. Jesús es Dios y sacerdote.


La mirra: es un bálsamo muy codiciado, en la antigüedad utilizado para la elaboración de perfumes, ungüentos, incienso y también para embalsamar muertos. Es de color rojizo, símbolo de la sangre, y por lo tanto de la vida humana. Jesús es un ser humano.


La tradición:


La celebración de la festividad, como se ha dicho, viene de antiguo. El texto teatral en lengua romance más antiguo de España conservado es precisamente una obra titulada El Auto de los Reyes Magos, del siglo XII. El texto conservado consta de 147 versos pareados que presentan a Gaspar, Melchor y Baltasar siguiendo la estrella que los conducirá hasta Belén y yendo a hablar con el rey Herodes. Este drama litúrgico se debía celebrar en la Catedral de Toledo -donde estaba el códice en que se ha conservado- con ocasión de la Navidad como un añadido al oficio litúrgico.


La costumbre de los regalos probablemente sea una fusión de tradiciones entre los presentes al Niño y otras celebraciones similares paganas de entrega de obsequios. Ya en el Imperio Romano existía esta costumbre. No he encontrado más información sobre las tradiciones antiguas relacionadas con la festividad de Reyes.



Actualmente la tradición manda que los niños manden una carta a los Reyes Magos pidiendo regalos y diciendo por qué se los merecen. Entonces Melchor, Gaspar y Baltasar llegan el día 5, en el que se da la Cabalgata de los Reyes en distintas ciudades, y los magos reciben a los niños y les dan caramelos. Tradicionalmente los reyes llegaban en camellos según la historia, pero actualmente pueden llegar en cualquier vehículo, incluso en helicóptero.

Luego por la noche llevan los regalos a todas las casas, donde a veces se dejan zapatos para tal uso, que los niños encontrarán el día 6 por la mañana. Si los niños se portan mal, los Reyes les llevarán carbón, antiguamente de verdad y actualmente un dulce con apariencia de carbón.


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Después de haber hablado sobre Papá Noel y los Reyes Magos, hay otros personajes que tienen la misión de entregar regalos por las fiestas. De todas formas, para personajes como la Befana, el carbonero Olentzero y demás, serán relatados en otra ocasión. Únicamente añadiré un último personaje curioso, básicamente por ser de mi tierra: el Tió.


Tió de Nadal


El Tió es una tradición navideña catalana, consistente en un tronco que “caga” regalos después de cantarle una canción y golpearlo con un bastón.



El procedimiento a seguir es el siguiente: a partir del día 8 de diciembre (la Purísima) se expone ya el tronco, a veces muy pequeño, y los niños le dan de comer periódicamente. El tronco va creciendo (se va sustituyendo por otros naturalmente) hasta Nochebuena. Entonces se tapa con una manta para que no pase frío, y con una barretina y una sonrisa dibujada está preparado para “cagar” los regalos. Los niños empiezan a golpearlo con un bastón y cantan la canción, de la cual hay diversas versiones.


Un ejemplo sería:


Caga, Tió - "caga, Tió"

Tió de Nadal - "Tió de Navidad"
no caguis arengades - "no cagues arenques"
que són salades -"que están salados"
caga torrons - "caga turrones"

que són més bons - "que están más buenos"


Luego se van a rezar a otro sitio mientras el tió prepara los regalos. Siempre regala cosas de poco valor, dulces, turrones, etcétera, porque los juguetes van para reyes.

El origen de la tradición es confuso. Probablemente guarde paralelismos con el árbol de Navidad (que también era lugar de regalos) y algún otro aspecto pagano, además del hecho simple de un tronco que da luz y calor en invierno. Sin embargo existe una leyenda que lo relaciona con la Virgen María, por la cual el tronco sería mágico por haber permitido descansar a la madre de Jesús en su viaje.


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Y HASTA AQUÍ EL ESPECIAL, espero que haya sido de vuestro agrado.


¡Feliz Navidad y felices reyes!


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P.D. Para terminar, otro villancico :) El segundo vídeo es el mismo villancico, pero en la versión de Blackmore's Night, que me gusta más, aunque de imágenes del vídeo es mejor el primero.






NAVIDAD (IV)


¿Quién lleva los regalos?


En esta última parte del Especial Navideño comentaré algunas cosas de los distintos personajes cuyo denominador común es la entrega de regalos durante estas fiestas a los niños. No estarán todos porque sería muy largo, me centraré en los más habituales por la zona donde vivo, pero hay otras webs que hablan largo y tendido sobre el tema, una de ellas el blog de Estelwen, La Luz de Valinor.

Empecemos:


Papá Noel


Hay una serie de tradiciones navideñas ligeramente distintas que se entremezclan bajo el personaje de Papá Noel. Son varios los nombres con el que se conocen sus distintas “personalidades”: Papá Navidad (Father Christmas, Père Noël, Babbo Natale, y en España debería ser Papá Navidad pero se castellanizó el francés Noël, así que se quedó Papá Noel), Santa Claus, San Nicolás, Viejito Pascuero, Colacho, Padre hielo, Joulupukki…


Nicolás de Bari:


El origen principal del personaje debe buscarse en San Nicolás de Bari (o de Mira, según la tradición oriental), un obispo nacido en Patara, Licia (en la actual Turquía) el año 280 dC. Tras perder a sus padres por la peste se dice que vendió sus pertenencias a las familias devastadas por la enfermedad y se fue a vivir a Mira con su tío y allí se ordenó sacerdote y más adelante llegaría a ser obispo. Murió en Mira, pero sus restos se trasladaron y descansan en Bari (Italia), debido a la invasión musulmana de Turquía.

Hay un par de leyendas o historias acerca del obispo que darían pie al origen del personaje que reparte regalos, aunque además, San Nicolás de Bari también es el patrono de los marineros, puesto que calmó una tempestad después que estos orasen al santo. Volviendo a Nicolás y los regalos a los niños, una de las historias habla de un milagro que hizo al resucitar tres niños que acababan de ser asesinados, con lo cual se relaciona al santo con los niños. Otra, mucho más clara y directa, habla como el santo ayudó a un padre que tenía tres hijas en edad de matrimonio pero no podía casarlas por no tener la dote suficiente. El santo, en secreto, entró por la ventana de la casa y rellenó de oro los calcetines de las muchachas, colgados en la chimenea para secarse.


San Nicolás en Holanda:


En los Países Bajos la fiesta de San Nicolás, a partir del santo obispo de Bari, se celebra el 5 de diciembre (en Holanda, en Bélgica el 6, día de la muerte del santo), remontándose la celebración al siglo XIII.

La tradición, mezclada con el mito del dios nórdico Odín y su caballo de ocho patas volador dice que San Nicolás también monta un caballo blanco sobre los tejados de las casas, llevando sus símbolos episcopales: una capa roja, una mitra y un cayado dorado. Recordemos que ya se tenía la concepción del anciano de sotana en rojo pues San Nicolás fue obispo y cuando salió de prisión en tiempos de Constantino, tenía una larga barba blanca.

El hecho de repartir regalos se relaciona también con una costumbre precristiana de “regalos de otoño” como manzanas y frutos secos, símbolos de fertilidad de la tierra. Esta costumbre se fundiría con la festividad de San Nicolás.

A partir del siglo XV en las iglesias se ponía un zapato durante el 5 de diciembre, que se rellenaba de dinero con las ofrendas de los parroquianos ricos, y el dinero recogido se repartía entre los pobres al día siguiente. Un siglo más tarde, con la popularización de la fiesta a nivel familiar, los zapatos se colocaron en las casas junto a la chimenea como fuente de regalos. San Nicolás llegaba con su fiel ayudante Pedrito el Negro que ponía los regalos (dulces y juguetes) en los zapatos. Pedrito el Negro, en su origen, era quizá un criado moro del santo, quizá un esclavo liberado, quizá un deshollinador italiano (Bari está en Italia), quizá un demonio al que el santo había obligado a hacer buenas obras… la mitología aquí es muy variada.

Actualmente aún se conserva esta tradición del zapato, San Nicolás y Pedrito el Negro, aunque ahora son varios “Pedritos” los que acompañan al santo, por lo general traviesos.

Según la tradición, San Nicolás no viene de Asia Menor, sino de España. Esto tiene su historia: el obispo San Nicolás nació en el Imperio bizantino, en la actual Turquía. Más tarde se convirtió en obispo de Mira, y como tal tomó parte en el Concilio de Nicea. Murió el 6 de diciembre de 342. Tras la caída bajo dominio musulmán de la región, los restos mortales del santo fueron trasladados en 1087 a Bari (en la actual Italia). Bari formaría más adelante parte del Reino de Nápoles, que fue conquistado en 1442 por Alfonso V de Aragón. La ciudad pasó a pertenecer por tanto a Aragón y después a España, hasta el siglo XVIII. Del hecho de que los restos de San Nicolás se encontraran en Bari (por entonces ciudad española), surge la tradición según la cual San Nicolás viene de España. San Nicolás es además conocido en España como patrón de los marineros. Por eso llega a los Países Bajos siempre en un barco de vapor.

Actualmente San Nicolás compite en los Países Bajos con la deformación de sí mismo Santa Claus.


Nikolas finlandés:


En Finlandia, hay otro Nicolás distinto que también podría influir en el personaje, si bien solamente he encontrado una fuente para esta historia. Nikolas era un niño que quedó huérfano y las familias de su pueblo se turnaron para acogerlo durante un tiempo cada una. En agradecimiento, el niño tallaba juguetes de madera que repartía entre esas familias. Ya de adulto continuó su labor, fabricando juguetes y repartiéndolos, hasta su muerte una vez ya anciano. En su memoria, los lugareños perpetuaron su costumbre.


Joulupukki finlandés:


En la misma región existe el mito del Joulupukki (“cabra de Navidad”), puesto que la imagen tradicional para la Navidad en los países escandinavos es la cabra.

En su origen llamado Nuuttipukki, se trataba de un ser maligno vestido con pieles de animales y con una máscara con cornamenta, que asaltaba las casas por Navidad asustando a la gente y robando comida. Precisamente los festejos paganos escandinavos se hacían para intentar ahuyentar a los malos espíritus, lo que ayudó a crear el espíritu malvado de la “Cabra de Navidad”. Joulupukki, su versión bondadosa, se ha fusionado un poco con el Santa Claus o Papá Noel estadounidense actual, tomando su aspecto.

De todas formas, siguiendo una tradición que se remonta a principios del siglo XIX en Finlandia el Joulupukki no entra por la chimenea, sino por la puerta principal (el padre o un vecino disfrazado), y grita: “Onkos täällä kilttejä lapsia? (¿hay aquí niños que hayan sido buenos?), con lo cual los hijos de la familia (disfrazados de duendes) gritan que sí a pleno pulmón y luego hay la distribución de regalos. Además, a diferencia del Santa Claus tradicional, el Joulupukki lleva bastón y no vive en el Polo Norte, ya que a partir de un exitoso programa de radio de la región, emitido entre 1927 y 1956, se “descubrió” que el personaje vive en Korvatunturi (Monte Oreja), en la frontera con Rusia, desde donde puede escuchar las peticiones de los niños de todas partes, y tiene los talleres en la ciudad de Rovaniemi.

El Joulupukki vive con su esposa, Joulumuori (Señora Navidad), y viaja a bordo de un trineo volador comandado por nueve renos mágicos, con Rudolph como líder con la nariz brillante, esto último debido a la fusión con la tradición yanqui.

Sin embargo hay una referencia muy antigua que podría influir en la historia del Santa Claus moderno, el Polo Norte y los renos mágicos. Se dice que la leyenda del Joulupukki tiene sus orígenes más remotos en los aborígenes Sami de la Laponia finlandesa, la población indígena más antigua de Europa. Los renos nórdicos comían una seta de color rojo y blanco, que también crece en España, llamada Amanita muscaria. Esta seta es venenosa y tiene propiedades alucinógenas. Al parecer, el trato digestivo de los renos filtraba la toxina y la liberaba en la orina, que era usada por los chamanes de la tribu para sus trances, que se traducían en experiencias espirituales y visiones de "estar volando". Volvían más tarde a sus cuerpos a través de la chimenea de sus tiendas o chozas. Se cree por ello, que los colores rojo y blanco del atuendo de Joulupukki están inspirados en estas visiones producidas por la seta y que, también, por sus efectos en los chamanes se creó la leyenda de los renos voladores.


El paso de las tradiciones antiguas al personaje moderno:


El año 1624 llegaron los colonos holandeses a América fundando Nueva Amsterdam (Nueva York actual), y con ellos la tradición del Sint-Nicolaas (nombre neerlandés de San Nicolás, y popularmente Sinterklaas). En 1809 el escritor Washington Irving, escribió una sátira,Historia de Nueva York, en la que deformó al santo holandés, Sinterklaas>, en la burda pronunciación angloparlante Santa Claus. Más tarde el poeta Clement Clarke Moore, en 1823, publicó un poema llamado A Visit From St. Nicholas donde dio cuerpo al actual mito de Santa Claus, basándose en el personaje de Irving y en la tradición holandesa de San Nicolás.

En ese poema se hace mención de una versión de Santa Claus, enano y delgado, como un duende; pero que regala juguetes a los niños en víspera de Navidad y que se transporta en un trineo tirado por ocho renos mágicos. El noveno reno sería añadido a raíz del popular cuento Christmas story de Robert L. May (1938).

Posteriormente, hacia 1863, adquirió la actual fisonomía de gordo barbudo bonachón con la que más se le conoce. Esto fue gracias al dibujante alemán Thomas Nast, quien diseñó este personaje para sus tiras navideñas en Harper's Weekly de forma paródica.

Posteriormente, a mediados del siglo XIX, el Santa Claus estadounidense pasó a Inglaterra y de allí a Francia, donde se fundió con Bonhomme Noël, el origen de nuestro Papá Noel, quien tenía parecido físico con Santa Claus, pero vestía de blanco con vivos dorados. Igualmente a fines del siglo XIX, a partir de un anuncio estadounidense de la Lomen Company, se crearía la tradición de que Papá Noel procedería del Polo Norte; y se popularizarían completamente los renos navideños como medio de trasporte de Santa Claus.

Luego, a comienzos del siglo XX en 1902, el libro infantil The Life and Adventures of Santa Claus de L. Frank Baum, se origina la historia de cómo Claus se ganó la inmortalidad, al igual que su título de santo.

Igualmente, ya en el siglo XX, la empresa Coca-Cola encargó al pintor Habdon Sundblom que remodelara la figura de Santa Claus/Papá Noel para hacerlo más humano y creíble. Esta versión data de 1931. En este punto, sin embargo hay que aclarar que es solo una leyenda urbana la creencia de que el color rojo y blanco de Santa Claus tenga su origen en los anuncios que la marca Coca-Cola empezó a hacer a partir de 1931, aunque sí es cierto que contribuyeron a la popularización de estos colores y del mito mismo. Hay muchas ilustraciones y descripciones casi fidedignas anteriores al anuncio como la de Thomas Nast (1869) o St. Nicholas Magazine (1926), entre otras; eso sin considerar además las antiguas representaciones religiosas del obispo San Nicolás de Bari, en las que es común el color rojo y blanco de la vestimenta religiosa, si bien es cierto que desde mediados de 1800 hasta principios de 1900 no hubo una asignación concreta al color de Santa Claus, siendo el verde uno de los más usados.


CONTINUARÁ...



sábado, 2 de enero de 2010

Alegría

¡Feliz año nuevo 2010 a tod@s!

Después de ver un brillante espectáculo del Cirque du Soleil por la tv - que aunque no lo parezca de cuando en cuando dan cosas preciosas en la caja tonta - me ha venido a la cabeza.
En realidad procede de otro espectáculo del mismo circo (han retransmitido Varekai... algo que HAY que ver y oír).
Pero me sirve como propósito y deseo para todo el mundo y para mí... después de comprobar que la magia existe y la belleza también, y son capaces de curar:

Alegría